Fiona Watson lleva 28 de sus 48 años de vida trabajando con los indígenas más aislados del mundo. Conoce sus lenguas, ha convivido con ellos... y ahora defiende sus derechos de la mano de Survival. Hace unos días, habló con Metro de las distintas tribus que ha conocido.
¿Quiénes son los indígenas aislados?
Son los pueblos indígenas que no tienen ningún contacto con las sociedades nacionales. Es gente que vive en áreas muy remotas y cuyos antepasados pudieron tener algún contacto con los colonizadores, en los siglos XVII y XVIII. Vieron a su parientes morir a causa de los abusos y huyeron al interior de la selva. Sobrevivieron a aquellas matanzas y ahora vuelven a estar amenazados.
¿De cuantas personas estamos hablando?
En el mundo hay 350 millones de indígenas, pero en el caso de estos pueblos, estamos hablando de algo más de 100 tribus que pueden tener entre uno y 200 miembros.
¿Hay tribus de un solo miembro?
Es el caso extremo del llamado hombre del agujero. Se le llama así porque cava agujeros de tres metros donde se esconde cuando se siente muy amenazado. Está claro que al resto de su tribu debió pasarle algo terrible.
¿Lo conoció?
Yo fui al área donde vive en Brasil con un equipo de la Funai (la Agencia para Asuntos Indígenas de Brasil) en 2005. Es como un pañuelo verde en un área de deforestación. Encontramos su casa, llena de agujeros excavados en el suelo. Vimos sus flechas, sus arcos, su huerto. No le vimos, pero yo sentía su presencia, su mirada. En la visita anterior de un equipo de FUNAE disparó una flecha al hombro de uno de los cooperantes, como advertencia.
¿Por qué tanto miedo al contacto con el hombre blanco?
Sabemos que, a menudo, en el primer año de contacto con los blancos muere el 50% de la tribu, no ya si hay violencia, sino simplemente porque los blancos traen enfermedades como la gripe o el sarampión, para las que ellos no están inmunizados.
¿Y quiénes hacen ese primer contacto?
Pues, por ejemplo, en el caso de los zo’é, de Brasil, fueron misioneros. En los años ochenta, los misioneros de la Iglesia de las Nuevas Tribus, una secta fundamentalista estadounidense, llegaron a escondidas al territorio de los zo’é y construyeron un campamento. La táctica era atraerles con herramientas, regalos… Y los zo’é tenían mucha curiosidad. Querían acercarse para conocerlos mejor, así que lo hicieron. Ese contacto provocó epidemias: sarampión, gripe… Las enfermedades mataban a tanta gente que la misma secta llamó a la Funai para decirles que la situación era terrible y estaba fuera de control. La Funai decidió intervenir. Hoy su territorio está perfectamente demarcado y muy bien protegido, tiene un programa de salud con un médico que los visita cada semana y su población está creciendo. Otros no han tenido tanta suerte…
¿Quiénes?
Los toto biegosode, una tribu que forma parte de los ayoreo de Paraguay. La misma secta forzó el contacto en los años ochenta. Convirtieron a algunos ayoreos amenazándoles con el infierno y los utilizaron para que trajeran a sus amigos y familiares. Una vez que abandonaban sus tierras, se convertían en totalmente dependientes de las medicinas de los misioneros, porque empezaban a enfermar. Hoy en día viven en condiciones lamentables, están deprimidos y sólo hablan con los misioneros. Un pueblo que era tan independiente y orgulloso…
¿Son los misioneros la peor amenaza?
No, hay muchas otras. A menudo se emplea la violencia contra los indígenas para ocupar sus tierras o buscar petróleo o talar sus bosques. Fue los que les pasó a los akuntsu, una tribu de brasil de la que sólo hay seis supervivientes.
¿Qué ocurrió?
Es difícil saberlo, porque nadie habla su lengua. Pero cuando Marcelo Dosantos de FUNAE los contactó en 1996 encontró sus casas comunales destruidas, trozos de vasijas y flechas quebradas. Era obvio que algo había sucedido: parecía que un tractor había pasado por encima de ellas. Más tarde yo conocí a los seis akuntsu supervivientes y uno de ellos me mostró las cicatrices de las balas en su espalda. La experiencia de Karpewu, un awá al que yo conozco, me hace suponer lo que pasó .
¿Qué le contó Karpewu?
Vió cómo los pistoleros mataban a toda su familia delante de sus ojos. Los terratenientes contratan a pistoleros para matar indios y poder decir “No hay indios en esta zona, así que voy a utilizar esta tierra vacía para criar el ganado”. Karpewu huyó y se escondió 10 años en la selva.
¿Y decidió salir de la selva?
Es un hombre muy amable y sociable. Yo creo que necesitaba contacto con seres humanos, así que reapareció un día en la casa de unos colonos a 1.000 kilómetros de la zona de dónde procedía. Los colonos llamaron a la oficina regional de la FUNAE y poco a poco se fue descubriendo toda su historia. o lo conocí en 1992. Tenía una amiga awá de 10 años a la que estaba enseñando a cazar. Volví a verles diez años más tarde: ella ya era mayor, se habían casado y tenían una niña de un año. Viven felices gracias a que ahora el territorio de los awá está bien demarcado.
Pero eso no se logra siempre…
No. Está por ejemplo el caso de los jarawa, unos indígenas de las Islas Andamán. La India ha construido una carretera que cruza sus tierras y que supone una amenaza. Los jarawa salien del bosque por curiosidad, para ver los coches, a la gente que pasa… Y los turistas paran para hacerse fotos con ellos. Eso es una vía de entrada para las enfermedades. La Corte Suprema de la India mandó cerrar la carretera, pero la orden no se ha cumplido. La carretera podría matar a una gente que ha sobrevivido al tsunami.
¿Sobrevivieron a la ola gigante del 26 de diciembre de 2005?
Sí, ni uno sólo de los miembros de esta tribu perdió la vida ese día porque habían sabido identificar las señales de la naturaleza y sabían lo que iba a pasar. Es una de las muchas cosas que he aprendido con los indígenas: cómo apreciar el mundo natural y vivir en él. Tienen una capacidad para comunicarse con la naturaleza que los que supuestamente vivimos en el mundo desarrollado hemos perdido.
| Ruth Suárez Metro |
Fuente: Diario Metro, 28/05/08


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