Alfredo Semprún / Madrid
Cuando la cosa se puso fea y las mujeres muertas de Ciudad Juárez abrían los telediarios de medio mundo, la Policía local tuvo que meterse en faena. Cuando ocurren estas cosas, a uno le sabe mal que se moleste al embajador de turno, en este caso el mexicano, pero lo cierto es que entre la policía y los fiscales de Ciudad Juárez estaba muy arraigada la creencia de que la mejor técnica de investigación criminal era la de la lluvia de palos y el cigarrillo encendido en los testículos del sospechoso. Aunque hay que entender su situación: llevaban años mirando para otro lado, hallando cadáveres de mujeres en el desierto, en los descampados, en los barrios de chabolas al sur del aeropuerto, sin más trámite que el de remitir los restos al depósito. Ni inspecciones oculares dignas de ese nombre, ni cuidadosas y sistemáticas recogidas de indicios materiales o biológicos, sin averiguaciones sobre el entorno laboral, familiar o afectivo de la víctima, y en muchos casos, sin ni siquiera tomar las huellas dactilares para proceder a una identificación correcta de esas jóvenes, muchas casi niñas, violadas y asesinadas. Casos sencillos de resolver unos años antes, con la simple reconstrucción de las últimas horas de vida de la «ultimada», el análisis del contenido de su estómago y el interrogatorio de posibles testigos y amistades, se habían vuelto irresolubles, aun suponiendo, qué ya era suponer, que se conservaran en los archivos las carpetas del caso. Por no hacer, ni siquiera extrañaba que tres de las víctimas fueran condiscípulas de la misma academia de informática o que otras tres trabajaran en la misma línea y el mismo turno de una maquiladora textil. «No nos han dejado más que sacos de huesos viejos», se quejaba el nuevo gobernador. Pero, ya digo, que hay que entender la situación de los agentes, su falta de tiempo para ocuparse de unas jóvenes muertas, muchas casi niñas, que o siempre «andaban en malas compañías», «usaban minifaldas», «iban a bailes», «bebían alcohol» o «se habrían ido con un novio». Sí, el jefe de la Policía Municipal ya tenía bastantes preocupaciones con regentar sus 18 prostíbulos, arreglar protecciones y negociar con el cártel local como para fajarse a fondo en un asunto que no afectaba más que a las familias de las víctimas, gente casi siempre pobre, indígena y recien llegada a la ciudad.
Tapar el escándalo
Primero trataron de tapar el escándalo arrojando carnaza fabricada con falsos culpables: le tocó a un egipcio, a una pareja estadounidense, a un conductor de autobus, a una pandilla juvenil, a unos camioneros. Y todos, claro, se declaraban culpables y eran condenados por los jueces locales, aunque algún perito forense dimitiera porque se le había ordenado colocar pruebas falsas. Y luego está lo de los móviles de los asesinatos: satanismo, filmaciones de películas «snuff», tráfico de órganos, orgías multitudinarias de hombres ricos y poderosos, ajustes de cuentas de los narcos... Toda la panoplia de los miedos ancestrales del hombre, que hoy nutren las leyendas urbanas, se acumulan, a empujones, en el caso de las muertas de Juárez. Y con ellas llegaron los especialistas en morbosidades, descriptores minuciosos de los horrores, las mutilaciones y las torturas; y también llegaron las izquierdas silvestres, para quienes la depravación sexual siempre es consustancial al odiado enemigo de clase. En fin, nada que no hubieramos visto ya aquí con nuestras pobres niñas de Alcaser.
No fue, sin embargo, hasta que apareció por la ciudad Jane Fonda, cuando el Gobierno Federal advirtió que la situación internacional se les iba de las manos. Vicente Fox creó una fiscalía especial, a tortas con la del Estado de Chihuahua que tenía la competencia y era de otro partido, para llegar tras sesudos estudios a la conclusión de que en Ciudad Juárez se mataban mujeres lo mismo que en el resto de México, o, incluso algo menos. Alivio general. Se había salvado el honor de la ciudad más dinámica de la frontera, sede de la industria reexportadora (las famosas «maquilas») y capital efímera del gobierno revolucionario del benemérito don Benito Juárez, allá por 1910. «Se mata lo mismo o menos que en el resto del país», expresaba con una sonrisa de satisfacción el gobernador Patricio Martínez, como liberado de un gran peso. Por lo tanto, Alejandra Díaz Sánchez, de 13 años, violada y asesinada en su propia casa en septiembre de 2005, o Estrella Enríquez Pando, de 7, cuyo cuerpo se halló poco después en un descampado con señales de violencia sexual, ya no eran un problema de Juárez, sino parte de una estadística, de una idiosincracia. Como Tijuana, Ciudad Juárez está demasiado cerca de los Estados Unidos. Su primer «boom» comercial hay que apuntárselo a la «Ley Seca», cuando hasta había fábrica de whisky y las cantinas y los burdeles para gringos se extendían a lo largo de la avenida principal.
Hacendosas y sumisas
La Segunda Guerra Mundial aportó a los milies y miles de soldados estadounidenses que se encuadraban y alistaban en el vecino Fort Bliss y se divertían al otro lado del río Bravo. Luego, fue punto de espera de aspirantes a «espaldas mojadas», mientras languidecían la minería, la agricultura y la ganadería. Y, entonces, llegaron ellas, las «maquilas», las fábricas ensambladoras de la zonas francas, donde se monta o se teje la producción de las multinacionales americanas. Cientos de miles de puestos de trabajo de baja cualificación, ideal para muchachas jóvenes, hacendosas y sumisas. Las maquilas florecieron como hongos en los municipios fronterizos con los Estados Unidos llegando a emplear a dos millones de personas. De crisis en crisis, de devaluación en devaluación del peso, las maquilas se mantienen sobre la base de bajos salarios, jornadas de 49 horas semanales y altas rotaciones del personal.
Recursos modestos
Por supuesto, no sólo trabajan mujeres, pero éstas son mayoría en lugares como Ciudad Juárez, y allí donde predomine el textil o la electrónica de consumo. Cuando la crisis del 2002, de los 220.000 despidos en la ensambladoras, más de 120.000 correspondieron a las mujeres. Pero no hay que sacar conclusiones precipitadas porque, como escribe Sergio Zermeño, sociólogo de la Universidad Nacional de México, «esas mujeres jóvenes de Ciudad Juárez y de toda la frontera norte, son las que tienen un empleo, las que tienen la disciplina y sin duda la resignación para trabajar por ese salario, con esas cadencias infernales, con esos horarios... pero dígase lo que se diga, son las que al final de la semana reciben un salario, llegan a los bailes con algo que se llama capacidad de pago».
En definitiva, son las que trabajan, ganan dinero, atienden las necesidades de la familia y pretenden decidir por sí mismas. Por eso las matan. Porque sus hombres, mientras miran al norte, juegan al fútbol y beben cerveza, han dejado de serlo. Es el caso de Juárez, y de medio mundo más.
Toluca, la ciudad que no se queja
Toluca, Tecate, Acapulco y San José Tenango son algunas de las ciudades mexicanas que superan las cifras de asesinatos de mujeres de Ciudad Juárez. En Toluca, la capital del Estado de México, colindante con el Distrito Federal, la matanza ha adquirido proporciones enormes: 1.153 mujeres muertas entre 1990 y 2004, frente a las 373 registradas en Juárez en el mismo período. Toluca tiene la mitad de los habitantes de Ciudad Juárez: unos seiscientos mil. Y no parece, precisamente, que estemos ante un cambio de tendencia: en 2006 fueron asesinadas 138 toluqueñas y ya llevamos 14 en el primer mes de 2007. Las mujeres de Toluca mueren, como las de Juárez, asesinadas por sus familiares, violadas y estranguladas por depravados, víctimas de ajustes de cuentas del narcotráfico o a manos de la misma Policía que debería defenderlas. Las mujeres muertas de Toluca son indígenas, mestizas y blancas; niñas, jóvenes y ancianas. Unas vivían en los pueblos indios, donde rigen las leyes antiguas; otras en la ciudad, donde rigen las leyes del Estado. Hasta ahora han permanecido calladas. Tal vez por eso, porque no se quejan, han sido invisibles.
Fuente: La Razón, 25/2/07


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