Del matrimonio de conveniencia entre el dragón chino y la jirafa africana, ¿surgirá un monstruo de dos cabezas, una nueva especie geopolítica sin cartografiar en los anales, la superpotencia que dominará el siglo XXI? Desde que Hu Jintao se convirtiera en 2003 en presidente del país más poblado del mundo, ha realizado tres viajes a África. Un tercio de las importanciones petrolíferas chinas procede del continente negro. Angola -«uno de los países más corruptos del mundo», en palabras del investigador Jesús García-Luengos- se convirtió en su primer suministrador, por encima de Arabia Saudí. El comercio chino-africano creció hasta 55.000 millones de dólares el año pasado. Tras multiplicarse por diez en la última década, puede doblarse antes de que concluya la primera década del siglo. En su última escala nigeriana, Hu Jintao escuchó de labios de su homólogo, Olusegun Obasanjo, un precioso agasajo: que «China dirija el mundo». A finales del año pasado, 900 empresas chinas se habían instalado en África y más de 100.000 chinos se habían convertido en nuevos vecinos, superando visiblemente en ciudades como Lagos -capital comercial de la ex colonia británica de Nigeria- a los ingleses.
A fines del siglo XIX, las grandes metrópolis europeas se repartieron el continente negro sin la menor consideración hacia los habitantes de un espacio que dividieron con escuadra y cartabón ciñéndose a desnudos intereses económicos que disfrazaron con la retórica de la civilización. Un siglo más tarde, una China que crece a velocidad vertiginosa y cuya maquinaria necesita ingentes dosis de petróleo y materias primas, va camino de convertirse en el socio comercial número uno de un continente menospreciado, que apenas contaba en el mercado internacional del dinero y las decisiones. La cara oscura del desembarco del dragón en los dominios de la jirafa es que el autoritario régimen de Pekín hace la vista gorda ante la naturaleza corrupta o dictatorial de muchos de los dirigentes con los que hace negocio (Occidente marcó la pauta), además de hundir las precarias industrias locales con sus manufacturas a precios de saldo.
Deudas y créditos
China ha concedido a sus nuevos socios africanos créditos preferenciales a tres años por un total de 2.317 millones de euros para financiar carreteras, hospitales, estadios, puertos, ferrocarriles y yacimientos; ha condonado deudas vencidas a finales de 2005 a 33 países africanos. En el año 2006, China comprometió préstamos por más de 8.000 millones de dólares a Nigeria, Angola y Mozambique, mientras que el Banco Mundial -resalta el periodista Howard W. French, corresponsal del «New York Times» en Shanghai (y ex delegado del mismo diario en África Occidental)- dedicó a todo el continente negro en el mismo período de tiempo 2.300 millones de dólares. «Pocos están acostumbrados a pensar que África podría llegar a ser un elemento crucial dentro de las preocupaciones del mundo», escribe French en un concienzudo análisis publicado en la revista «African Affairs». Muchos en Occidente han menospreciado el propio crecimiento chino, pero sería miope no tener en cuenta que la implicación china en África puede «afectar de manera profunda, incluso crítica, a toda la comunidad internacional». El 40 por ciento del incremento mundial en la demanda de petróleo y materias primas procede del mercado interior chino, y sus compras africanas están propiciando un crecimiento de las economías de los países que ocupan las últimas plazas en el índice de desarrollo humano en más de un 6 por ciento anual. Lo malo es que las industrias extractivas favorecen a las élites gobernantes, y buena parte de las materias primas que importa la sedienta maquinaria china lo hace en bruto, para ser reelaboradas en casa.
A la caída de la tarde, mientras los almuédanos llaman a la oración, no hay mejor paseo de Jartum que el bulevar del río, junto al palacio presidencial y los elegantes edificios ministeriales del tiempo en que Sudán fue colonia británica. A un tiro de piedra se encuentra «Alsunut», una palabra árabe que significa «lugar de encuentro»: allí donde se mezclan las aguas del Nilo Blanco y del Azul para seguir juntos hacia el país de los faraones se levanta a ritmo endiablado un mastodóntico complejo que cambiará para siempre el perfil de Jartum: sobre 65 hectáreas se alzarán 63 torres de cristal de entre 15 y 35 pisos donde oficinas y panorámicas residencias para la cada vez más pujante burguesía sudanesa compartirán espacio con zonas comerciales y de recreo. Una inversión de más de 4.000 millones de dólares, resultado del «encuentro» entre el gobierno sudanés y el grupo DAL, la principal empresa del país. Más de la mitad de los lotes del futurista Alsunut ya han sido vendidos a firmas locales y foráneas. Con dos millones de personas viviendo como refugiados y un genocidio en marcha en la región de Darfur, la guerra parece un rumor lejano para una de las economías que más rápidamente crece en toda África: un 13 por ciento anual. Hace tiempo que el régimen del general Omar al Bashir cambió su discurso: del islamismo radical a la nueva economía.
El problema es que el «boom» sudanés no se explica sin la intervención china, una potencia que controla el 40 por ciento de la compañía sudanesa Greater Nile Petroleum. Acusada de ignorar Darfur (donde más de 300.000 personas han muerto), y de haber servido de paraguas a la imposición de sanciones contra Jartum en el Consejo de Seguridad y de una misión de paz con verdadera fuerza, Pekín se ha convertido en el gran socio del país más grande de África: el 80 por ciento de las exportaciones sudanesas de crudo van a las tragaderas del insaciable dragón.
El «redescubrimiento» de África por parte de China ha desplazado al Reino Unido como tercer socio comercial, después de Estados Unidos y Francia. Con 40.000 millones en intercambios en 2005, la cumbre celebrada en la capital china el pasado mes de noviembre, a la que asistieron 40 jefes de Estado africanos, dio luz a una «nueva alianza estratética con África, desplegando igualdad política y confianza mutua, y cooperación económica mutuamente beneficiosa», como rezaba el comunicado final. Claro que sólo Suráfrica pudo negociar sustanciales concesiones comerciales por parte de Pekín. Hu Jintao pudo palpar los primeros indicios de desafecto en su último periplo africano.
«Nuestro principio en las relaciones con otros países es nunca tratar de imponer nuestro sistema social, modo de desarrollo, valores e ideología». Las palabras de Liu Jinchao, portavoz del Ministerio chino de Asuntos Exteriores, durante la cumbre de Pekín no pudieron evitar la dura advertencia del presidente surafricano, Thabo Mbeki, acerca del peligro que África corre de convertirse en colonia económica de China.
Espaldarazo a dictadores
La industria textil surafricana perdió decenas de miles de empleos al expirar en 2005 un acuerdo comercial que permitía la entrada de bienes chinos a precios imbatibles. Gabón tuvo que paralizar prospecciones ilegales de la compañía petrolífera estatal china Sinopec en el parque nacional Loanga. Mientras que el desembarco chino ha supuesto un espaldarazo a los regímenes implacables de Sudán, Etiopía, Zimbabue, Libia o Guinea Ecuatorial, Hu Jintao se encontró con el desdén popular en Zambia pese a la donación de 800 millones de dólares: El sentimiento antichino no ha dejado de crecer desde que en 2005 murieran 46 trabajadores en una mina de cobre de propiedad pequinesa. Las quejas sobre las condiciones de trabajo, los bajos salarios y la degradación medioambiental ya eran frecuentes. Y al igual que en la vecina Zimbabue, la competencia de mercancías chinas a precios tirados ha llevado a la quiebra a empresas y comercios locales. Si hace seis siglos, enviados de la dinastía Ming se llevaron una jirafa para satisfacer la curiosidad de su emperador, el futuro del esbelto símbolo africano parece agridulce.

Fuente: ABC, 25/2/07