EL presidente de México, desde ayer en visita oficial a España, representa a una democracia venturosamente anclada en el futuro. Hace menos de una década que se acabó con el siniestro monopolio del Partido Revolucionario Institucional (PRI), pero, antes de haber renovado sus bases institucionales, el sistema político mexicano tuvo que resistir el embate desestabilizador de un candidato irresponsable como Andrés Manuel López Obrador, que intentó por medios prácticamente insurreccionales que Felipe Calderón no pudiera tomar posesión de su cargo, a pesar de haber sido proclamado vencedor de las elecciones. El temple con el que Calderón afrontó aquella situación fue una lección de sensatez y sentido común.
Por este motivo, México se ha convertido en la principal frontera de contención de ese efervescente movimiento populista que se está extendiendo por toda Iberoamérica y al calor de los planes expansivos que el venezolano Hugo Chávez se puede pagar gracias a las faraónicas rentas del petróleo. No es de extrañar que, en efecto, desde Caracas se haya vuelto a escuchar toda la verborrea hiriente contra Calderón, la misma que ya utilizó Chávez contra su predecesor, Vicente Fox, puesto que México representa exactamente lo que más detesta la revolución bolivariana en un país iberoamericano: el libre mercado, la apertura al mundo, la integración constructiva con sus vecinos. México tiene actualmente tratados de libre comercio con los principales actores económicos del mundo -Estados Unidos y la Unión Europea- y Venezuela trata de impedir que otros países entren en una dinámica similar mientras aboga por la renacionalización de las empresas estratégicas.
México tiene ante sí enormes desafíos que resolver, y no es el menor de ellos el obligado intento de suavizar unas lacerantes desigualdades sociales que representan una injusticia cotidiana para sus ciudadanos. En sus más recientes declaraciones a medios españoles, entre ellos a ABC, Calderón ha expresado su voluntad de afrontar este problema con decisión y de hacer que las enormes riquezas que atesora el país que preside puedan ser mejor repartidas, lo que permitiría que los mexicanos puedan sentirse dueños de las mismas oportunidades de progresar. La reciente crisis popular producida por la subida de precio del maíz pone de manifiesto que México necesita políticas que permitan desarrollar todas sus capacidades y que, al mismo tiempo, cobijen a todos sus ciudadanos. Las enérgicas medidas contra el narcotráfico y la corrupción son un buen comienzo, pero no servirán de nada si no se mantienen con constancia y buen criterio, ya que, por la experiencia de otros intentos, sabemos que el cáncer de la droga luchará con todas sus fuerzas -que son muchas- por doblegar a la ley. Además, el nuevo presidente de México debe abrir cuanto antes el debate sobre una reforma constitucional que rejuvenezca las estructuras heredadas de un pasado en el que el país ya no se reconoce a si mismo.
México ha sido invitado a la próxima reunión del G-8 junto a otras potencias emergentes, la señal más evidente de que los dirigentes de los países más relevantes de la escena internacional confían en que se mantendrá el rumbo actual. Calderón, por su parte, ha decidido lanzar una señal en su primera gira exterior, que ha preferido desarrollar en Europa para diversificar las relaciones económicas de un país que, por razones históricas y geográficas, había concentrado sus esfuerzos comerciales y diplomáticos de forma casi exclusiva con EE.UU. Que España sea una de las escalas más importantes de esa gira es también digno de apreciarse como un mensaje claro de que el presidente mexicano quiere profundizar unas relaciones extraordinariamente buenas. Todo nos une a México: la historia, la cultura, las intensas relaciones sociales, etcétera. Queda por desarrollar el campo de los intercambios económicos, que se resisten ascender a la categoría que merecen los lazos que unen, en todo lo demás, a los dos países.
Fuente: ABC, 30/1/07


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