LAURA VILLENA
Tienen entre 4 y 14 años, a veces incluso menos. Apenas conocen su cuerpo, y su inocencia todavía no les hace preguntarse qué es y para qué sirve esa minúscula parte de su físico que las mujeres de su casta califican de «diabólica» y que no tardará mucho en desaparecer para siempre dejando una huella imborrable. Se calcula que una de cada tres mujeres africanas, en total 130 millones, han sido sometidas a la mutilación genital, la mayoría en su país de origen y otras muchas en Europa. El Viejo Continente, donde sólo han sido denunciados algunos de los numerosos casos de ablación sobre criaturas, lucha todavía por salvar a estas víctimas de la superstición.
«Dos mujeres me metieron en una habitación. Me temblaba el cuerpo. Una de ellas me sujetó la cabeza mientras aplastaba mis hombros con sus rodillas para que no me moviese. La otra me abría las piernas y una tercera sostenía en la mano una cuchilla de afeitar. Tiró con sus dedos de esa mínima parte de mi cuerpo y cortó repetidas veces. Aún me retumban en los oídos mis propios gritos».
Es el testimonio de Jady Koita, una hermosa senegalesa de 46 años afincada en Bruselas que refleja en su gesto las marcas del dolor físico y psicológico que la mutilación y las humillaciones de su matrimonio forzado le dejaron cuando apenas era una niña, y que le han servido de trampolín para convertirse en la ferviente militante contra la mutilación genital femenina que es hoy.
Como las demás mujeres que han pasado por su experiencia, prefiere no hablar del pasado que ya narra sin reservas en su libro «Mutilée» (Mutilada). Tenía siete años cuando su abuela le anunció en soniké, su lengua materna, que iba a ser «purificada» para poder rezar. Durante varios días no pudo parar de llorar. «Era como si me hubiesen cortado de la cintura hacia abajo. Sentía un vacío total. Tampoco era capaz de comprender el por qué de esa violencia hacia mi cuerpo de niña. ¿Por qué me castigaban?», se preguntaba.
Se calcula que dos millones de niñas africanas pasan cada año por el mismo tormento. Algunas no sobreviven. Ancianas —barberas y parteras— se arman de rudimentarios instrumentos como una cuchilla o un trozo de cristal sin desinfectar para encargarse de la mutilación. El temblor de las pequeñas al ver que el utensilio cortante se acerca sacude su cuerpo con tanta agresividad, que obliga a varias mujeres a sujetar sus extremidades y les llegan a fracturar brazos y piernas en ocasiones.
Problemas de por vida
Cada una de las formas de mutilación clasificadas por la Organización Mundial de la Salud tiene consecuencias para toda la vida. Infecciones, retenciones, lesiones de los órganos vecinos, dificultades urinarias y menstruales, incontinencias, problemas y dolores en el embarazo, el parto y las relaciones sexuales, riesgo de transmisión del sida o esterilidad son las complicaciones más frecuentes.
Jadidja Diallo, senegalesa y víctima de la mutilación, trabaja desde hace diez años como voluntaria en la prevención y ayuda a las víctimas en la organización GAMS (Grupo de Mujeres para la Abolición de las Mutilaciones Sexuales) de Bélgica, y describe indignada el caso más duro que ha tratado: el de una joven somalí infibulada que acudió a GAMS en busca de asilo. «¡Tenía los labios completamente cosidos!», exclama. «La joven había orinado y expulsado su menstruación a fuerza de hacer presión sobre su vientre durante toda su vida». Tras convencerla para que se operase, la ira de su hermano fue tal, que se la llevó a los Países Bajos para recoserla. «La he buscado por todas partes, pero nunca supe nada más de ella», dice Jadidja, a quien, desde que emprendió la búsqueda, llaman «Madame flic» (Señora policía).
A pesar de que las creencias populares justifican la mutilación como una imposición islámica, el Corán no hace ninguna referencia a esta práctica que ya se practicaba antes de la llegada del Islam. Lo que guía a quienes asumen esta barbaridad son supersticiones como la que dice que el contacto entre el recién nacido y el clítoris de la madre durante el parto condenará al bebé a la maldición o a la muerte, o la de que la mutilación y su consecuente atenuación del deseo sexual es la única vía para asegurar la fidelidad de una mujer y su virginidad antes del matrimonio. Y hay también quienes ven en la mutilación la única forma de encontrar marido para su hija y cobrar así una suculenta dote.
Las niñas que se niegan a pasar por el aro pagan un alto precio. Se las considera «indecentes», una vergüenza para la familia; algunas son expulsadas, y ya sólo les queda la prostitución como modo de vida. Ante este panorama, la mayoría se resigna aun a sabiendas de que tras la mutilación viene un matrimonio forzado, la sumisión al marido, las violaciones, los embarazos no deseados, la poligamia y un sinfín de humillaciones.
La ablación se practica en 28 países africanos y se extiende por Indonesia, la península arábiga, y varios países de acogida de inmigrantes. En Europa no faltan las escisoras, remuneradas por ejercer esa siniestra «profesión».
La alarma saltó en Europa en 1982 cuando murió en Francia una pequeña de origen maliense de tres meses. Hoy la mayoría de los Estados de la UE castiga la con penas pecuniarias y de cárcel la mutilación realizada tanto dentro como fuera de su territorio.
Según un informe de la Universidad Autónoma de Barcelona, los primeros casos en España fueron denunciados en Cataluña en 1993. Diez años más tarde, el 1 de octubre de 2003, entraba en vigor la ley que prohíbe la escisión y la infibulación en España; el año pasado el texto fue completado con una proposición de ley que la penaliza también cuando es practicada fuera de España en niñas con nacionalidad española.
También en África se han dado algunos pasos. En 2003 la Unión Africana adoptó el protocolo de Maputo en el que se reconocen los derechos de la mujer y se prohíbe la mutilación, aunque los propios países que los ratificaron actúan a veces al margen del mismo.
La experiencia de quienes han sufrido la mutilación apunta en una misma dirección cuando se les pregunta por la vía para erradicar esta práctica: la educación. «La prohibición de pensar hubiera sido para mí peor que la mutilación física», afirma Jady Koita, a quien la educación que recibió en Senegal y aprender francés le permitió encontrar un trabajo en París, independizarse de su marido y sacar adelante a sus cuatro hijos con la comunidad africana parisina en su contra.
«¿Por qué existe la mutilación? ¿Por qué sólo en algunos rincones del planeta? ¿Por qué tengo que aceptar las violaciones y palizas de una persona con la que me casaron sin preguntarme?». La ilógica respuesta que Jady encontró a todas las preguntas que empezó a formularse le empujaron a seguir leyendo, a querer escapar y a luchar en nombre de todas aquellas mujeres que soportaban las mismas atrocidades, hasta que se ha convertido en uno de los pilares de la organización GAMS Francia y ha hecho de la militancia su profesión.
Fuente: ABC, 17/12/06


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