MERCEDES GALLEGO
Cuando su abuela dio a luz, las indias seminolas se escondían entre palmas y matorrales en cuanto rompían aguas y parían solas en la jungla. Poco había cambiado en la vida de esta tribu cuando nació Brian Zepeda hace 35 años. Si acaso, recuerda que cuando tenía 6 o 7 años dejaron los tradicionales sombrajos o chamizos de palma llamados «chickee» para vivir en las caravanas que les dio el gobierno.
No hace tanto de eso y, sin embargo, la vida de estos indios americanos, como las de muchas otras tribus que abrazaron el negocio de los casinos a partir de 1979, ha cambiado drásticamente. Hoy, tanto él como sus tres hijos reciben cada mes 7.000 dólares por cabeza de los dividendos que reparte la tribu y, a juzgar por la última adquisición de los seminolas —la cadena Hard Rock Café International—, su futuro está garantizado.
«Mientras crecía yo no sabía que era pobre», reflexiona Zepeda. «Sabía cazar, pescar, hacer cestas… No sabía que me faltara algo. Sólo ahora, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que éramos lo que se dice pobres». La pobreza es un concepto relativo para Max Osceola, vicepresidente del Consejo Tribal, que gobierna a esta nación india de 3.300 personas con importantes negocios en el mundo de la ganadería, los cítricos, la venta de tabaco, el juego y la hostelería. Osceola recuerda que el dinero no existía en América hasta que llegó Colón, al igual que también eran desconocidos conceptos como impuestos, soberanía o propiedad de la tierra. «La tierra es como nuestra madre, y tú no vendes a tu madre», sentencia.
Esa mentalidad tan espiritual y diferente de la que traían los europeos les dejó al margen de lo que hoy se entiende por desarrollo. Pero el «desarrollo» se encargó de acabar con aquella forma de vida. Los canales drenaron los pantanos, la tierra se volvió asfalto y la vida salvaje entró en fase de extinción. «Ya no pudimos seguir viviendo de la caza y de la pesca», resume Osceola. En los ochenta y noventa se acercaban a las paradas de autobuses para vender artesanías a los turistas. Todavía en muchas partes del EE.UU,, especialmente en Arizona y Nuevo México, los indios tienden en el suelo las mantas llenas de cachibaches y se van a casa con unas cuantas monedas en el bolsillo que, a veces, no les da ni para pagar la gasolina. Por contra, tanto Zepeda como Osceola llevan un móvil Blackberry de última generación en el bolsillo.
Cómo una tribu de indios ha pasado en menos de una generación de vivir en la miseria a comprar una de las cadenas de hostelería más lucrativas del mundo es un misterio que sólo se entiende rastreando su historia y su carácter entre los pantanos de Florida.
«Es como si hubieran sido genéticamente creados», explica Bill Steel, a cargo del fondo histórico de la tribu en la reserva del Gran Ciprés, cuando piensa en la mezcla de renegados y cimarrones que nutrió a este pueblo. «Si tomas a todos los que estaban completamente decididos a no dejarse conquistar nunca ni por los españoles, ni por los franceses, ingleses o cualquier otro, bajo ningún concepto, tendrás a los seminolas».
La única tribu que nunca firmó la paz con Estados Unidos acogió en el infierno de los pantanos a muchos esclavos negros que huyeron de los amos confederados de Georgia, Alabama y las Carolinas, de donde ellos mismos procedían. De hecho, la incapacidad de los españoles para capturarlos propició la intervención del gobierno norteamericano que, finalmente, obligó a la Corona española a entregarle esas tierras de indios indómitos que se interponían en el camino de la «civilización».
La campaña del general Andrew Jackson contra los seminolas está considerada como las más brutal y desproporcionada en la historia de la aniquilación de los indios americanos. El gobierno envió a 52.000 hombres para doblegar a unos cuantos cientos de indios. Y no lo consiguió. Los seminolas entraron en el siglo XIX agazapados en la jungla, disparando contra quien se atreviese a cruzar su territorio.
No es difícil adivinar ese fuego guerrero y tozudo en los ojos oscuros de Zepeda, un auténtico indio de piel morena y cabello tizón, enroscado en una cola de caballo, a veces bonachón y a menudo receloso, que vincula sus costumbres con las de varias generaciones que vivieron en guerra permanente. El orden en el que la familia se sienta a comer, por ejemplo, —primero los hombres, luego los ancianos, los niños y las mujeres— responde a la necesidad de que los guerreros estuvieran siempre dispuestos para la lucha, y no a una cuestión de machismo como pudiera parecer. De hecho, las fábulas que enseñan a los niños muestran la necesidad de que hombres y mujeres trabajen codo con codo. Y si bien este sentido de la unidad puede tener también raíces en la cultura de supervivencia guerrera, Zepeda lo considera una característica intrínseca de su pueblo.
«Cuando crecí, todas las mujeres de la aldea eran tu madre», recuerda el joven. Los adultos compartían el cuidado de todos los niños, sin importar de quién fueran hijos. Como los «chickees» son abiertos, la gente hacía vida en común y recibía visitas todas la noches. Había un «chikee» para las cocinas, otro para las ceremonias, otro para tejer... No hace falta imaginárselo: aún quedan aldeas en la reserva, una de ellas convertida en museo para dejar constancia de lo que empieza a extinguirse. El dinero arrasa con las tradiciones.
En la reserva del Gran Ciprés, a dos horas de Miami, el revuelo que ha causado la multimillonaria adquisición del Hard Rock Café queda muy lejos. Para llegar a ella hay que atravesar carreteras desoladas de un solo carril que no discurren por la costa, sino por el corazón de Florida, a una hora de cualquier ciudad. Pantanos a ambos lados, con cocodrílos atravesados sobre el asfalto, y una sola gasolinera, la de los seminolas. «Pensarás que estás perdida, pero no es así», nos habían advertido. «Sigue todo recto durante 30 kilómetros y llegarás hasta la aldea».
Zepeda hace ese camino todos los días porque, pese a su apego a las tradiciones, rechaza la idea de vivir en la reserva. La vida ahí es un poco más fácil, admite. Se puede vivir con las puertas abiertas, y si se te estropea una ventana basta con llamar al departamento de vivienda para que vengan a arreglarlo. A medida que aumentan los beneficios de la tribu, repartidos ecuánimemente entre todos los miembros de culaquier edad que puedan demostrar un cuarto de sangre seminola, crecen también los servicios gratuitos. El último se anuncia en el periódico local, «Seminole Tribune», antes llamado «Smoke Signals» (Señales de Humo). Se trata de la televisión por satélite que, además, incluirá el canal recientemente creado por los seminolas para su propio consumo. «Basta con aproximarse a la mesa de inscripción que se instalará todos los días de pago de dividendos», dice el anuncio.
Reserva perdida
La velocidad máxima por sus carreteras es de 25 kilómetros por hora, pero sus negocios han progresado a la velocidad de la luz. En 1957, un puñado de seminolas que no sabían leer ni escribir viajó a Washington para pedir al gobierno que no los «acabase», como proponía la «Termination Act» con la que el Congreso pretendía acabar con los servicios sociales que proporcionaba a las tribus indias.
Los seminolas se encontraron con que ni siquiera estaban reconocidos por el gobierno, así que volvieron a casa, se sentaron bajo el Gran Roble, juntaron a cuantos pudieron una vez al mes, y poco a poco elaboraron una Constitución, un reglamento y todas las actas necesarias para registrarse legalmente. «Llegábamos por caminos de terracería enbarrados y solíamos bromear con que un día saldríamos de allí en Cadillac, pero nunca pensamos que pudieras hacerse realidad», contó Betty Mae Jumper antes de morir.
Cuando tomó la presidencia de la tribu le dijeron que tenía un capital de 37 dólares, pero cuando fue al Banco se encontró la cuenta vacía. De ella fue la iniciativa de acondicionar las tierras para cultivos de naranjas, y la de registrar a la tribu como una corporación que hoy posee cinco casinos, de los que procede el 90 por ciento de sus ganancias.
El primer casino de los seminolas —y de todos los indios norteamericanos— se abrió en 1979 sólo para jugar al bingo, en la reserva de Hollywood (Florida), a media hora de Miami. Es apenas un local maltrecho en la carretera que nadie se decide a demoler porque sigue siendo rentable. Junto a él, otra reliquia de la transición económica es una especie de almacén desvencijado en el que se venden cigarrillos libres de impuestos, aprovechando la autonomía fiscal concedida a las naciones indias. Y de pronto, a pocos metros de carretera, se alza el monumental Seminole Hard Rock Cafe Hotel & Casino de 250 millones de dólares que la tribu construyó hace dos años, previo pago anual de astronómicas cuotas de franquicia a la misma cadena que acaban de adquirir. El complejo tiene más de 2.000 máquinas tragaperras que sortean las prohibiciones estatales con vales de ventanilla en lugar de monedas y un sistema por el que, en apariencia, la casa no juega. Sólo de los autobuses que traen excursiones organizadas descienden a diario 3.300 personas, la mayoría jubilados, que de diez en diez centavos iluminan su vida con un poco de emoción cada vez que guiña la máquina.
Linda Edgard, una anciana vestida de domingo que camina agarrada del brazo de otra, nos cuenta cómo acaba de comprar entradas para el espectáculo de la humorista Joan Rivers. El Hard Rock Cafe Hotel & Casino es el centro de su vida social. Queda con las amigas para pasear por las tiendas, cenar, jugar unos dólares, asistir al espectáculo... y de nuevo al autobús de vuelta a casa. Florida, el paraíso de los jubilados, ha resultado tener la perfecta composición demográfica para hacer de oro a los indios que inventaron este pequeño Las Vegas en forma de gran centro comercial, donde los seminolas no pagan impuestos al gobierno del estado —sólo al federal— por estar instalado en su reserva. Y es que una reserva es una nación más dentro de la Unión, ya lo dice la ley.
En 2003, un año antes de que abrieran los dos megacentros que lucen el logo del Hard Rock Café, cada indio seminola recibía 36.000 dólares al año. En 2004 esa cifra pasó a 50.000 y en 2005 a 84.000. Un ejemplo del que han tomado nota el resto de las tribus del país, que siguen muy de cerca las incursiones de los seminolas en el mundo de los negocios. Prueba de ello es que hoy 224 tribus localizadas en 28 estados del país han montado ya sus propios casinos en sus reservas. O sea, el 65% de las 567 tribus registradas ante el gobierno de EEUU, que casi de la noche a la mañana controla el 43% de la industria, genera más de 22.000 millones de dólares, crea 600.000 empleos directos e indirectos, y recibe la visita de 22.5 millones de estadounidenses, que acuden una media de seis veces al año, según la National Indian Gaming Association.
A partir de ahí, los asesores financieros recomiendan diversificar y multiplicar las inversiones, como si de cualquier otra gran corporación se tratara. Los Chickasaw de Oklahoma han invertido en una fábrica de chocolates, los Kumeyaay de California se han aliado con otras tres tribus para instalar franquicias de los Hoteles Marriott, los Choctaw del Mississippi han apostado por una compañía de tarjetas de felicitaciones y otra de electrónica que instala altavoces en los coches de Ford y Chrysler. Y así la lista se multiplica de tribu en tribu. Tan rápido que sus miembros apenas tienen tiempo de subirse al tren.
Indios universitarios
En la de los seminolas, la de más éxito, sólo 58 de sus 3.300 miembros tienen título universitario. «Para nosotros ese número ya es muy alto», insiste Osceola. «Ten en cuenta de dónde venimos. Ahora pagamos la carrera a cualquier joven que quiera hacerla y. con la adquisición del Hard Rock Cafe Internacional, con presencia en 45 países, si uno de nuestros muchachos quiere estudiar, digamos, gastronomía en Barcelona, le podemos facilitar inmediatamente unas prácticas en nuestro Hard Rock Cafe de allí. Así, él conoce otras culturas, y otras culturas nos conocen a nosotros».
La situación de partida de los indios norteamericanos, no obstante, era muy penosa. Éstos aún sufren un 25% más de mortalidad infantil que el resto del país, una tasa del 510% más de riesgo de alcoholismo o de un 62% más de suicidios. Pero con el catalizador de la ruleta y los negocios, su renacer puede ser tan fulgurante como el de los seminolas. «No se necesita un título universitario para ser inteligente; lo que hace falta es sentido común que, por desgracia, es el menos común de los sentidos», filosofea Osceola. «Nosotros contratamos a los expertos, escuchamos sus conclusiones y tomamos las decisiones que nos dicta el sentido común. Lo que estamos demostrando es que podemos hacer negocios, y lo que queremos es mandar al mundo una señal de que pueden tratar con los pueblo indígenas como a iguales».
Fuente: ABC, 17/12/06


Escribe un comentario