SIMÓN TECCO
La muerte del dictador chileno Augusto Pinochet para un refugiado político como lo fui yo hace ya casi 33 años, podría considerarse como un momento de regocijo o de alivio. Pero no lo es. Desde el punto de vista personal me es indiferente, pues su desaparición no puede devolverme nada de todo lo perdido, al haberme privado del derecho a vivir en mi patria. Verse perseguido y obligado a abandonar tu propio país por lo que pensabas y creías a los 21 años, es un duro golpe difícil de asimilar, tanto más cuando lo dejas todo, tus sueños, tus proyectos, tus amigos, tus padres y hermanos, tu novia y todo ese mundo que enmarca tu espacio vital y el desarrollo de una persona.
Ser refugiado es algo muy diferente a ser emigrante. Este último sabe que puede regresar cuando desee, mientras que el primero sueña día y noche con su retorno, que en mi caso nunca se produjo. Vivir soñando en poder regresar a tu país con el tiempo se convierte en un mecanismo psicológico que limita tus posibilidades de integración en la sociedad que te ha acogido.
Añorar el retorno puede significar acumular rencor que limita la capacidad de comprensión y racionalización de lo sucedido, si bien la crueldad y la ignominia son imposibles de comprender y perdonar. Cuando sales de tu tierra no lo sabes, pero afuera comprendes que debes iniciar prácticamente de cero una nueva socialización, en un medio distinto que puede resultar hostil, frío, impersonal. Aprender un nuevo idioma, comprender y asimilar otra idiosincrasia, hacer nuevos amigos y buscar proyectos para tu vida futura, es una tarea difícil en la que muchos refugiados chilenos fracasaron.
Yo tuve la suerte de tener 21 años, ser curioso y ambicioso en lo que ha conocimientos se refiere y de haber terminado, después de muchas incertidumbres y recovecos, en la ex Yugoslavia, un país al que nunca imagine ir y del que menos tenía noticias. Suerte, porque me permitió conocer en carne propia las 'bondades del socialismo' con la sorpresa de encontrar similitudes en el talante político de uno y otro régimen. Primero absorbes la desilusión y de pronto constatas que los amigos que te rodean luchan por algo similar, contra lo cual luchaste en tu patria, solo que ellos lo hacían contra el régimen que en un momento creíste que podía ser la solución a las injusticias y la pobreza. La desintegración de la antigua Yugoslavia, las guerras, el restablecimiento de la paz, la adopción de un sistema democrático, la instauración del mercado, la libre circulación de ideas y capitales, el respeto a los derechos humanos y sobre todo el establecimiento de la igualdad de posibilidades para cada miembro de la sociedad, nos hizo comprender que la democracia es el sistema más complicado que el hombre ha inventado, si bien aún no libre de injusticias. Pinochet no defendió estos valores
Fuente: El Diario Montañés, 13/12/06


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