NATI VILLANUEVA - MADRID
Once de sus 26 años dedicado al voleibol, los cuatro últimos en primera división. Sus expectativas profesionales estaban centradas en un deporte que llenaba, junto a la política y su familia, todas las parcelas de su vida, pero una bomba adosada a los bajos de su vehículo truncó su futuro profesional.
Aquel 19 de febrero de 2002, ETA le tendió una trampa, y aunque Eduardo Madina logró salvar la vida, perdió una de sus piernas, lo que para un deportista se puede equiparar a perder un pulmón.
Después de cinco jornadas semanales de rehabilitación durante siete meses, el entonces miembro de la Ejecutiva de las Juventudes Socialistas del País Vasco volvió a aprender a andar, y también en aquella ocasión, como de pequeño, contó con las manos y las piernas de sus padres.
Cuando terminaba ese año, 2002, y ya prácticamente le habían dado el alta médica, su madre moría de un infarto con sólo 49 años. Habían pasado diez meses. «Ella nunca lo superó», dijo ayer Madina en el juicio que se celebró contra sus verdugos en la Audiencia Nacional.
En un relato cargado de emotividad, coherencia y poesía, Madina volvió a revivir ayer aquella mañana de febrero en la que por no llegar tarde al trabajo prescindió de mirar los bajos de su coche como sistemáticamente hacía cada día.
Cuando ya había recorrido diez kilómetros desde su casa, y a apenas 200 metros de su trabajo, en la localidad vizcaína de Sestao, la bomba colocada a la altura de la rueda izquierda del vehículo estallaba «hacia arriba». Eduardo notó que el impacto le perforaba «las piernas, las manos y el corazón».
Con una madurez pasmosa y sin un ápice (aparente) de rencor, el joven intentó explicar ayer a preguntas de la Fiscalía cómo se siente uno cuando pasa por una experiencia así. Es difícil expresarlo con palabras. «Se puede pensar, se puede entender, pero en ningún caso, se puede sentir si no se ha vivido».
«Como en todos los casos en los que ETA «visita» a alguien, genera un gran impacto. Aquel día en mi casa se hizo de noche y una sombra de pena y de tristeza envolvió a toda mi familia».
Uno de los dos acusados del intento de asesinato de Madina, Asier Arzalluz, el inductor (para quien la Fiscalía pide 20 años de cárcel), fue expulsado tras llamar fascista al tribunal antes de que el testigo iniciara su declaración. El otro, Iker Olabarrieta, el que materialmente colocó la bomba, permaneció en el habitáculo blindado, a apenas tres metros de su víctima, pero con el gesto torcido, como si quisiera evitar la mirada de Madina. Éste, sin embargo, la buscaba de forma desesperada desde que entró en la Sala, como si necesitara una respuesta a tantos años de sufrimiento.
Madina no estaba solo. Numerosos representantes del PSOE (Benegas, Rojo, Jaúregui, Huertas o Pajín) le arroparon en este duro trance, que Eduardo no utilizó en ningún momento para apostar por el «proceso» que defiende su partido. Sólo proclamó que sus compromisos «individuales y políticos siguen intactos», que esos no se los ha llevado ETA.
Tampoco habló del «proceso» Patxi López, quien por primera vez acompañó a la Audiencia Nacional a una víctima del terrorismo de su partido. López no acudió a la vista por el asesinato de Múgica ni previsiblemente tampoco lo hará a la de Gregorio Ordóñez (PP) el próximo día 26.
Fuente: ABC, 15/11/06
Comentario
Lo ví ayer en todos los telediarios, me impresionó muchísimo. Recuerdo ese día, recuerdo ese atentado, recuerdo a ese chico...que ya entonces como hoy era partidiario del diálogo y la paz.


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