BENITO MUÑOZ
El urbanismo en Madrid ha sido cuestionado y criticado en muchas ocasiones y, de hecho, innumerables voces se han levantado en su contra a lo largo de los años independientemente de sus gobernantes. ¿Es posible hoy en día un plan de urbanismo adecuado? ¿De dónde partir? Varios arquitectos y urbanistas han sacado sus propias conclusiones sobre qué es un plan de urbanismo bueno o idóneo y uno que no lo es.
La reflexión principal de todos ellos es que el urbanismo debe pensar en la calidad de vida de los habitantes de las ciudades, que estos y no otros deben ser los objetivos que lo motiven.
Entre las características imprescindibles de un buen planeamiento urbanístico están «las dotaciones, que es lo que asegura a los ciudadanos su bienestar», afirma Agustín Hernández Aja, profesor del Departamento de Urbanismo y Ordenación del Territorio de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid.
También aclara que «son fundamentales las dotaciones públicas, porque sólo éstas aseguran su funcionamiento».
Es ésta una característica común en los consultados, como el medio ambiente, un aspecto cada día más importante para concebir una ciudad moderna o un barrio con vida propia. Al respecto, Hernández Aja declara que no basta con las zonas verdes, sino que «hay que tener espacios complejos que permitan hacer visible y participar en el ciclo ecológico».
José María Ezquiaga, arquitecto, sociólogo y experto en urbanismo, afirma que «hay que salvaguardar y defender el patrimonio edificado. Una ciudad no es de usar y tirar».
La cuestión más importante en Madrid no es, por tanto, el crecimiento, sino ir recuperando los edificios que lo vayan requiriendo. Así, Ezquiaga añade que «un plan debe proteger los cascos antiguos rehabilitándolos y reformar los barrios de la periferia».
Trascendente resulta para un plan de urbanismo el movimiento de los habitantes. «Hay que pensar en una gran red de transporte público, reducir los viajes y distribuir los usos del suelo. Eso se consigue si los barrios tienen dotaciones y empleo».
«Lo primero que hay que hacer es crear un umbral de la ciudad. Saber qué techo tiene para crecer y determinar sus objetivos: saber qué impacto económico, social y ambiental va a tener», apunta Carlos Hernández Pezzi, presidente del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España (CSCAE). «En Madrid, un plan debería rebajar el estrés urbano, aumentar lo saludable, rebajar la contaminación y los ruidos».
¿Todavía es posible urbanizar bien en Madrid? ¿Se pueden proyectar planes de urbanismo que atiendan todos los aspectos fundamentales? Varios arquitectos han contestado y planteado para este suplemento lo que debe tener un plan de urbanismo para considerarlo idóneo, aunque también recuerdan lo negativo.
«Un plan bueno se hace para garantizar la calidad de vida de los ciudadanos», asegura Agustín Hernández Aja, doctor arquitecto y profesor titular del Departamento de Urbanismo y Ordenación del Territorio de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (ETSAM).
Desde su punto de vista, un buen planeamiento urbanístico debe constar de aspectos imprescindibles. Es el caso de «las dotaciones». «Es decir, lo que asegura a los ciudadanos el sistema de bienestar».
Además, Hernández Aja insiste especialmente en que «son fundamentales las dotaciones públicas, porque sólo éstas aseguran su funcionamiento. Y esas dotaciones públicas tienen que ser accesibles, adecuadas a las necesidades de los ciudadanos», añade.
Enseñanza y sanidad
El profesor de Arquitectura recuerda que en las leyes ya se reflejan la enseñanza o la sanidad como obligatorias y que «las comunidades autónomas y los ayuntamientos desarrollan las facetas que tienen relación con la cultura, el bienestar, el cuidado de los ancianos...». Son cuestiones que deben proyectarse en un buen plan de urbanismo.
Otra dimensión importante en un planeamiento no es otra que «la identidad». «Que los ciudadanos encuentren en su ciudad algo que les haga pensar que realmente son partícipes de ella».
Entiende las quejas de vecinos cuando se atenta contra lo que él denomina «memoria del espacio». «Por ella los ciudadanos se rebelan contra el plan del paseo del Prado y los vecinos de la Dehesa de la Villa cuestionan que se modifique lo que consideran su espacio y piden zarzales».
«La participación en la transformación de la ciudad también es fundamental. El planeamiento urbanístico bueno sería aquel en el que el diagnóstico del futuro de la ciudad se hiciese colegiadamente. Por ejemplo, la Ley del Suelo del País Vasco obliga a la creación de un comité ciudadano de urbanismo».
En la cabeza de todos, ciudadanos, políticos y empresarios, debería estar un aspecto tan vital como el medio ambiente. Así, es esencial «la calidad ambiental, tanto en lo local como en lo planetario, y debe asegurarse desde el planeamiento».
Hernández Aja insiste en que «si las ciudades no son capaces de resolver los problemas ambientales en la escala local o colaborar en la global o planetaria no tienen futuro».
Ya no basta con zonas verdes. «Hay que tener espacios complejos que permitan hacer visible y participar en el ciclo ecológico».
Un buen planeamiento debería tener en cuenta «la dimensión del barrio». «Intentar dar al ciudadano un ámbito lo más próximo posible de la vida urbana. En concreto, la aproximación a las dotaciones públicas, un espacio público que es posible recorrer andando, la mezcla de actividades que puedan estar en peligro y dan calidad al entorno. Por ejemplo, el Ayuntamiento de Madrid permite la desaparición de los cines. Alguien ha decidido que hay que ir a los centros comerciales a ver cine».
En cuanto al territorio, para que un planeamiento sea coherente, «habría que respetar una fracción significativa del suelo, moderar el crecimiento. Ahora pensamos que las ciudades avanzan sobre una naturaleza infinita. Lo natural está deteriorado absolutamente y un buen plan debe retroceder y protegerlo».
«El primer objetivo del urbanismo es asegurar la calidad y cohesión social en la ciudad», afirma José María Ezquiaga, arquitecto, sociólogo y experto en urbanismo.
«Eso significa que tiene que haber los servicios necesarios, variedad de uso y de gente a través de una integración que debe tener en cuenta las zonas verdes, equipamientos, comercio, empleo y oferta de vivienda variada», apunta.
La segunda característica de lo que debe ser un buen plan de urbanismo es «defender el medio ambiente natural y rural. Esto supone no usar más suelo del necesario para satisfacer las necesidades de la población», señala Ezquiaga.
El patrimonio
Otra consideración imprescindible para él es «salvaguardar y defender el propio patrimonio edificado. Es decir, la ciudad no es de usar y tirar». En este apartado, hace hincapié en que «un plan debe preocuparse por mejorar y administrar la ciudad existente: proteger los cascos antiguos rehabilitándolos y reformar los barrios de la periferia».
Para José María Ezquiaga es muy importante un cuarto factor: «La movilidad sostenible. Hay que pensar en una gran red de transporte público, reducir los viajes y distribuir los usos del suelo. Eso se consigue si los barrios tienen dotaciones y empleo, para reducir el número de desplazamientos».
Según Carlos Hernández Pezzi, presidente del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España (CSCAE), «cada plan depende del punto de vista urbanístico para el que se ha concebido».
«Lo primero que hay que hacer es crear un umbral de la ciudad. Saber qué techo tiene para crecer y determinar sus objetivos: saber qué impacto económico, social y ambiental va a tener. Cuidar que cada objetivo se puede cumplir sin interferir en los otros», añade.
«Si hablamos de Madrid, hay un impacto de estrés urbano debido a las obras. Un plan debería rebajarlo y aumentar lo saludable. Habría que incidir también en lograr menos contaminación y menos ruido. En los últimos planes se ha sacrificado a una generación para que disfrute la siguiente», señala.
«Además de construcción y movilidad sostenibles debe haber seguridad urbana y facilidad para el disfrute de los recursos naturales. En suma, hay que perseguir rentabilidad económica (¿quién va a pagar las obras de la M-30?), ambiental, social y del patrimonio», añade.
Plan deficiente
Hablar de un plan de urbanismo malo o deficiente significa, según Agustín Hernández Aja, «pensar en una operación exclusivamente financiera, cualquier crecimiento que sólo tenga la visión económica. Y la delimitación del espacio sólo por sus cualidades de gestión, en el mejor de los casos».
En su opinión, un mal plan es el que parte de un «urbanismo defensivo», en el que se piensa sólo «en el ciudadano consumidor, en la búsqueda de las plusvalías, disocia orden del territorio y ordenación urbana, protege el territorio por su 'valor demostrable' y ordena el crecimiento».
«Los crecimientos mal planificados tienen unas infraestructuras que no son proporcionales, que multiplican por cuatro las necesidades de distribución de suelo; el diseño es rápido para que se venda rápidamente, con dotaciones mínimas, y se ofrecen pisos sólo de las tipologías que demande el momento», añade
Para José María Ezquiaga, un mal plan de urbanismo «es el que sólo se preocupa de hacer de la ciudad un tablero de juego de valores del suelo y, por tanto, fomenta la segregación social separando a las personas en función de sus rentas».
También cuentan como aspectos negativos el «despilfarro del suelo, la preocupación sólo por el crecimiento, desatender la mejora de la ciudad histórica y los barrios nuevos. Un buen plan ni se plantea el negocio inmobiliario».
Otras características de un inadecuado plan de urbanismo es que «no establezca una estrategia de movilidad sostenible, conlleve desplazamientos largos de los ciudadanos y obligue a coger el coche».
¿Madrid debe seguir creciendo?
«¿Los que vivimos en Madrid necesitamos una comunidad autónoma de 13 millones de habitantes o con 6 millones estamos más que sobrados? ¿A quién le interesa que Madrid crezca?», se pregunta Agustín Hernández Aja.
Su reflexión continúa adelante después de asegurar que estamos viviendo un urbanismo antiguo, como sucede incluso en los nuevos desarrollos. «En Madrid hay un 20% de viviendas vacías. No sé para qué hacer más».
Más importante para él es la rehabilitación pendiente. «El gran problema de la Comunidad de Madrid no es el crecimiento a corto plazo, sino la rehabilitación de todos los barrios de los años 40, 50, 60 y 70 que se hicieron bajo el franquismo», apunta.
«Hay un factor que nadie tiene en cuenta y es cuánto te va a costar el crecimiento a largo plazo. El tema del urbanismo español es que las comunidades y el Estado central mantienen a sus adeptos como en las sectas a sus militantes: les dan suficiente de comer como para que no se mueran, pero no suficiente como para que su cerebro pueda establecer un pensamiento coherente y crítico. Entonces tienen que caer presos del crecimiento, que es recursos a corto plazo y deudas a largo plazo», afirma.
La única manera, en su opinión, de hacer que el crecimiento sea el más adecuado es la planificación. La gravedad del problema está en que «no hay un análisis financiero a 25 años que sea realista. No hay nada que no se base en que 'ahora vamos a hacer 50.000 casas y luego otras 50.000 y así sucesivamente'».
El crecimiento puede ser de muchas maneras, pero no desbocado. «Si algo creciese, debería crecer moderadamente, consumiendo el menor suelo posible, lo cual es difícil. Esto va en contra del sistema inmobiliario», añade.
«Si de mí dependiera un ayuntamiento mediano de la Comunidad me pensaría muy mucho crecer, pero la Ley de Suelo dice que lo que no puedo demostrar que protejo puede ser edificable».


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